Lo siento, me dijiste.
Y fue como si una estampida de caballos blancos liderada por un unicornio azul viniera directamente a buscarme.
(Solo que ahora, ya no encontraran ni la sombra de lo que antes fui contigo.)
En tu afán de envenenarnos con pequeñas dosis de incongruencia, acabé por marcharme.
(Por cierto, el gato se viene conmigo.)
Y ahora estoy aquí, con una cerveza en la mano y un “ni idea” en la cabeza. Intentando, a toda costa, huir de esa plaga de saltamontes carnívoros que lleva tu nombre.
(¿Te imaginas un pez recién pescado moviéndose de un lado a otro con una herida sangrante en la boca? Pues así, así me siento.)
Estoy aquí y espero que la próxima estrella se detenga por lo menos ocho días y me permita subir con todo y el cabestrillo que me detiene el brazo que tengo al lado del corazón.
Martina.

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