jueves, 19 de abril de 2007

Me enamoro del recuerdo cuando mi paladar saborea tu raíz

Me encanta cuando de entre la cocina encuentro “algo”, que al transformarse en alimento para el ser humano, o digamos, para alguien con mis exigencias, se convierte en una explosión de recuerdos, caricias, abrazos, pláticas, reuniones, gente o familia.
Resulta mágico, que al ir masticando cada bocado mi mente experimenta un corto viaje a México, a su gente, a mi gente. Al mismo tiempo, mi cuerpo va respirando el olor a tortilla, a sazón de mamá y abuela, se impregna de sabor norteño y se nutre para seguir adelante con los días que quedan de lejanía.
Mi hermana en broma, me dice Tita, la hija menor de esta novela famosa, amante de la cocina y sus placeres. Pienso a veces, que tiene algo de verdad. Aún no me exploto en el arte culinario, pero en ella encuentro paz, es curioso encontrar tranquilidad en algo que para algunas personas sería estresante.
Me divierte cortar cada vegetal en geometrías exactas, como si esto ayudara a que se acomoden mejor en la sartén. Me gusta pasar, a veces, muchas horas decidiendo que preparar aunque solo sea para mí.
Al sumergirme en esa atmósfera de especies, vegetales, aceite hirviendo o carne cocinándose en su jugo, olvido por un momento que mi mundo aún tiene detalles que solucionar. Olvido el trabajo, los estudios, las decisiones importantes, olvido la hora y que vivo en una ciudad que nunca duerme.
Sin embargo, en esa pérdida de memoria automática, apareces tú, con tu sonrisa de luna. Y comienzo a imaginarme nuestra vida y a compartir contigo mi tan singular espacio. Y me doy cuenta que eres parte de él. Que aunque sea mío, existe porque estás conmigo. Que quiero compartir todos mis días de cocina contigo, mi querido compañero de viajes.